En los momentos de aflicción, asegúrate de que tus convenios tengan primordial importancia y que obedezcas con exactitud.
1. El profeta José Smith advirtió: “…en vista de que Dios ha proyectado nuestra felicidad, así como la felicidad de todas sus criaturas, Él jamás ha instituido, jamás instituirá ordenanza ni dará mandamiento alguno a Su pueblo que en su naturaleza no tenga por objeto adelantar esa felicidad que Él ha proyectado, o que no resulte en el mayor bondad y gloria para aquellos que reciban Su ley y Sus ordenanzas”
(Véase Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 313).
2. Algunas personas sólo ven sacrificio y limitaciones en la obediencia a los mandamientos del nuevo y sempiterno convenio, pero quienes viven la experiencia — que se brindan libremente y sin reservas a una vida de convenios— encuentran mayor libertad y satisfacción. Cuando realmente comprendemos, procuramos más mandamientos, no menos. Cada nueva ley o mandamiento que aprendemos y vivimos es como un nuevo paso en la escalera que nos permite subir cada vez más; en verdad, la vida del Evangelio es una vida buena.
3. El apóstol Santiago enseñó la misma lección: “Hermanos míos, tened en sumo gozo cuando os halléis en muchas aflicciones; sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. “Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:2–4, Joseph Smith Translation).
4. Como solicitó el profeta José en la oración dedicatoria del Templo de Kirtland, oración que el Señor mismo le reveló: “Te rogamos, Padre Santo, que tus siervos salgan de esta casa armados con tu poder, y que tu nombre esté sobre ellos, y los rodee tu gloria, y tus ángeles los guarden” (D. y C. 109:22).
5. En la oración dedicatoria del Templo de Kirtland a la que se hizo referencia anteriormente, el Profeta pidió: “Y concede, Padre Santo, que todos los que adoren en esta casa… crezcan en ti y reciban la plenitud del Espíritu Santo” (D. y C. 109:14–15). La “plenitud del Espíritu Santo” incluye lo que Jesús describe como “la promesa que os doy de vida eterna, sí, la gloria del reino celestial; y esta gloria es la de la iglesia del Primogénito, sí, de Dios, el más santo
de todos, mediante Jesucristo su Hijo” (D. y C. 88:4–5).